BUSCAR

17 feb. 2017

CINTA VERDE EN EL CABELLO, João Guimarães Rosa

JOÃO GUIMARÃES ROSA
Había una vez una aldea en algún lugar, ni mayor ni menor, con viejos y viejas que viejaban, hombres y mujeres que esperaban, y chicos y chicas que nacían y crecían. Todos con juicio suficiente, menos -por el momento- una nenita. 
Un día, ella salió de la aldea con una cinta verde imaginada en el cabello. Su madre la mandaba con una cesta y un frasco, a ver a la abuela -que la amaba- a otra aldea vecina casi igualita. Cinta Verde partió, enseguida, ella la linda, todo érase una vez. El frasco contenía un dulce en almíbar y la cesta estaba vacía, para llenarla con frambuesas.
De ahí que, al atravesar el bosque, vio solo los leñadores, que por allá leñaban; pero ningún lobo, desconocido ni peludo. Pues los leñadores habían exterminado al lobo. 
Entonces, ella misma se decía:

- Voy a ver a abuelita, con cesta y frasco, y cinta verde en el cabello, como mandó mamita.

La aldea y la casa esperándola allá, después de aquel molino, que la gente piensa que ve, y de las horas, que la gente no ve que no son.
Y ella misma resolvió escoger tomar ese camino de acá, loco y largo, y no el otro, corto. Salió, detrás de sus alas ligeras, su sombra también le venía corriendo detrás.
Se divertía con ver que las avellanas del piso no volaran, con no alcanzar esas mariposas nunca, ni en buquet ni en pimpollo, y con ignorar si las flores -plebeyitas y princesitas a la vez- estaban cada una en su lugar al pasar a su lado. 
Venía soberanamente.
Tardó, para dar con la abuela en casa, que así le respondió, cuando ella, toc, toc, golpeó:

-      ¿Quién es?
-       Soy yo… - y Cinta Verde descansó la voz-. Soy su linda nietita, con cesta y frasco, con la cinta verde en el cabello, que la mamita me mandó.
Ahí, con dificultad, la abuela dijo:

- Empuja el cerrojo de madera de la puerta, entra y abre. Dios te bendiga.

Cinta Verde así lo hizo y entró y miró.
La abuela estaba en la cama, triste y sola. Por su modo de hablar tartamudo y débil y ronco, debía haber agarrado una mala enfermedad. Diciendo:

- Deja el frasco y la cesta en el arcón y ven cerca de mí, mientras hay tiempo.

Pero ahora Cinta Verde se espantaba, más allá de entristecerse al ver que había perdido en el camino su gran cinta verde atada en el cabello; y estaba sudada, con mucha hambre de almuerzo. Ella preguntó:

- Abuelita, ¡qué brazos tan flacos los suyos, y qué manos temblorosas!
- Es porque no voy a poder nunca más abrazarte, mi nieta…. -la abuela murmuró.
- Abuelita, pero qué labios tan violáceos.
- Es porque nunca más voy a poderte besar, mi nieta…. -la abuela suspiró.
- Abuelita, y qué ojos tan profundos y quietos en este rostro ahuecado y pálido.
- Es porque ya no te estoy viendo, nunca más, mi nietita… -la abuela aún gimió.

Cinta Verde más se asustó, como si fuese a tener juicio por primera vez. Gritó:

- ¡Abuelita, tengo miedo del Lobo!

Pero la abuela no estaba más allá, estaba demasiado ausente, a no ser por su frío, triste y tan repentino cuerpo.

Que lo disfruten, Carmen

5 feb. 2017

CRISTAL EMPAÑADO, por Carmen Nani

Rodolfo Wilcock escribió:

Recuerden que
todo sucede por casualidad y que nada dura,
lo que no te impide
hacer un dibujo
en el vidrio empañado.

Yo respondo:

Me arañó el alma
despacito.
Sentimientos mojados 
se escapan,
no deben salir.
Afuera está lloviendo.

Para bien venir el 2017, juguemos con las palabras,
Carmen

22 nov. 2016

BOSNIA EN LA ALMOHADA, de Alejandra Laurencich

Ella me está hablando. La tengo cerca, siento su olor a cigarrillo. Pregunta algo y se queda mirándome. Pero no me da tiempo a responder y sigue. Casi no escucho lo que dice. Veo sus ojos enormes, fijos en los míos. Dos lagos verdes en un día ventoso. Lagos encrespados. Pensar que cuando era bebé y hasta más o menos el año parecía que esos ojos serían siempre celestes. Hasta una canción de cuna que yo le había inventado sobre la música de Run run se fue p’al norte los nombraba así: Ay qué linda que es mi Jazmincito, con sus ojos celestitos. Rubia y de ojos celestes decían en la clínica. Quién es la mamá de la muñequita. A veces, a la noche, recuerdo esa nana y me digo: qué ocurrencia, usar ese tema de Violeta Parra para cantarle a un bebé. Y pienso sobre qué otras canciones podría haber inventado la nana. A la noche siempre pienso cosas sin sentido. Quiero decir, cosas que no sirven para nada. En vez de ocuparme de pensar a quién puedo pedirle plata para pagar el alquiler o cómo decirle a Zelma que por ahora voy a prescindir de su ayuda, hasta que mejore la cosa o un menú práctico y económico para la semana o así; imagino pavadas. Anoche por ejemplo, imaginé que venía un tsunami y arrasaba con todo. Sé perfectamente que no vivimos en zona volcánica. Que a esta ciudad a lo sumo puede llegar una sudestada. Y eso en invierno, cuando hay viento del este. Pero anoche imaginé que venía un tsunami. Y me vi aferrada a un poste de la luz bajo el agua haciendo fuerza para no soltarme porque con la otra mano apretaba el brazo de ella. La había podido ver bajo el agua barrosa, el pelo rubio ondulando como el de una sirena. Se la llevaba la corriente. Manoteé en el agua hasta encontrar su brazo y grité: ¡Te tengo, hijita, te tengo! Y de a poco la fui acercando, había que hacer mucha fuerza porque el agua embestía cada tanto y ella ya es grande¡ y alta, no como yo. Me temblaba el cuerpo y el de ella también temblaba y finalmente pude abrazarla contra mí; y como un mono con su cría subí por el poste de luz hasta que vi el cielo y saqué la cabeza del agua y ella dio una bocanada grande de aire. Y nos quedamos así, las dos, hasta que todo pasó. Nos habíamos salvado.