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5 dic. 2012

FRECUENCIAS PARALELAS de Carmen Nani

Cuento de Carmen Nani
Inés parada frente a la ventana mira la lluvia que cae mansa sobre los que caminan, algunos protegidos por paraguas a paso lento; otros sin protección se apuran, casi corren. Detiene su mirada en una pareja que parece no darse cuenta de la lluvia. Inés se acomoda el pelo detrás de la oreja e involuntariamente sus ojos encuentran el reloj pulsera que marca las once. Suspira. Se cruza de brazos y apoya la frente en el vidrio. El reflejo de la luz de la calle le muestra una mujer joven, de rasgos firmes. En esa imagen difusa han desaparecido las primeras canas y las arrugas no se notan. Sonríe. Siente el frío sobre su frente. Retira la cara y se acomoda el pelo detrás de la oreja. Otra vez el reloj pulsera. Once y media y otra vez él no llega a tiempo. ¿Qué me traerá hoy?, piensa Inés y repasa con el dedo índice el contorno del plato vacío. Camina alrededor de una mesa servida en vano. Se alisa el vestido con las manos. Disfruta la suavidad de la tela y percibe sus muslos firmes debajo. Sus manos se deslizan hasta su pubis. ¿Con quién estará esta noche?, piensa. Se lo imagina desnudo. Puede ver su pecho acariciado por manos que no son las suyas. Manos que lo recorre íntegro. Y el temblor de su sexo delata el deseo. Sigue buscando debajo del vestido. Cierra los ojos, y entonces sus manos son las de él, que se atreven en su ropa interior, que imitan movimientos audaces en un cuerpo entregado, que no es el de otra, sino el suyo. Consigue el placer. Se arregla el vestido y se acomoda el cabello detrás de la oreja. Las doce. Parada junto a la ventana lo ve. Busca con la mirada y es toda ansiedad cuando distingue el paquete. ¿Qué será? ¿Habrá adivinado esta vez? No quiere ilusionarse pero no puede evitarlo. Baja corriendo las escaleras. No va al encuentro del hombre sino del paquete.
La curiosidad por saber qué le trae es más fuerte que la necesidad de saber por qué llegó tarde otra vez. Abre la puerta y no percibe la mirada esquiva del hombre. Sólo se fija en el paquete envuelto en papel color púrpura, y atado con hilo de seda.
- No pude llegar antes, se excusa.
Ella no escucha, está esperando su paquete. 
- Estás muy linda.
Qué me importa piensa Inés aunque se lo agradece. Su ansiedad es cada vez mayor.
- ¿Cómo fue tu día?
- Tranquilo. 
Pero ¿Por qué no me da el paquete de una vez?, piensa y se acomoda el pelo detrás de la oreja. El reloj pulsera señala más de las doce. ¿Vamos a estar toda la noche así ? Se acerca al hombre que espera un beso. Ella aprovecha el gesto para agarrar el paquete. Tiene olor a alcohol. No es la primera vez. No importa, ya es mío, piensa Inés. 
- Estuve en una cena de trabajo, miente, pero ella ya corre escaleras arriba abrazada a su regalo. El hombre deja el saco en el perchero. No la sigue. Se sienta a los pies de la escalera.
- ¿Qué te pasa? ¿No te importa dónde fui o con quién estuve? 
- Subí que no te escucho. Sus manos luchan afanosas por arrancar el papel. El hombre prende un cigarrillo. Soy como una prostituta que no cobra, sino que paga una aventura, con un regalo, piensa.
- Ya no te intereso ¿No?
- Qué decís. No te escucho. 
¿Será lo que espero?, se pregunta Inés. En su apuro por abrirlo, los pedazos de papel color púrpura caen, pero el hilo no cede. Él ha subido las escaleras y ahora la mira. Tira el cigarrillo e intenta arrebatar le el paquete. Se lo quita.
- ¿Es sólo esto lo que esperas de mí?
- Sí, bueno no.
El hombre abre la ventana para tirarlo. Inés en su desesperación alcanza el hilo de seda y tira con tanta fuerza que se lastima las manos. La sangre mancha los pedazos de papel púrpura que han quedado adheridos a la caja.
- Estuve con otra.
- Después me contás. Esperá que vea lo que me trajiste, contesta Inés como ausente. Cuando logra abrir la caja lo mira sin entender. La caja está vacía.
- Así me siento. 
Inés se incorpora y lo mira con pena. 
- Pobre, ni siquiera supiste qué compararme  No importa. Quizás no fui lo suficientemente clara. La próxima vez te voy a orientar mejor.
El hombre la mira.
- ¿Tenés hambre? Te caliento la cena. Yo ni la probé. 
- Bueno, se sienta en silencio.
Ella sirve lo que ha preparado. En ese momento se da cuenta de que tiene el vestido manchado con sangre, lo disimula alisando la falda. Se sienta a la mesa, acomoda su cabello detrás de la oreja y come, también en silencio.

Cuento inedito.
Espero lo hayan disfrutado...
Camen

4 comentarios:

titi dijo...

hasta donde puede llegar la negación de la realidad.....cuánto me hacés reflexionar Carmencita querida,siempre poblada de un mundo tan rico que despabila el día de aquellos que te admiramos y queremos.
Felicitaciones y no dejes de dar lo mejor....hasta siempre!

María E. dijo...

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Hermoso cuento Carmen, veremos si en Navidad tendremos nuestro paquete lleno! Un abrazo

Piel de lechuza dijo...

No lo había pensado como la negación de la realidad... he aquí una muestra de lo que se escribe sólo cobra vida al ser interpretado por el que lo lee. ¡Gracias a vos, Titi!
Un beso
Carmen

Piel de lechuza dijo...

Cómo le comenté a Titi, un cuento se enriquece y se recrea a partir de la mirada del otro. Vos hablás de ceguera, yo lo había pensado como la incomunicación...
Gracias ME
Un beso
Carmen