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2 feb. 2016

ASIGNATURA PENDIENTE, de Carmen Nani


Lucía se sentó en un banco en frente del río. Un único banco, el paisaje deprimente. La bronca que venía rumiando se ahondó al recordar ese hilo de agua cristalino salpicado de patos que por supuesto habían desaparecido. De un tirón destapó la lata de cerveza, sacó el paquete del bolso, respiró hondo para atajar las lágrimas, y se acomodó para arremeter sin piedad el  tremendo sándwich de jamón crudo, queso y rabia. Cuando  abrió la boca como para engullir el último bocado de su vida escuchó que le gritaban:   - ¡Che, flaca! ¿me convidas?
Como si aquellas palabras las hubiera pronunciado Medusa, Lucía quedó petrificada.  Ese Che, flaca obró como un conjuro que la transportó de un latigazo a otro momento de su vida.
Era la fiesta de los octavos, y como cada año las profesoras homenajeaban a sus alumnos poniendo en escena una obra de teatro temática. Ese año el tema era princesas de Disney. ¿Quién no quiso alguna vez vestirse de princesa? ¿Quién no soñó con llevar uno de esos vestidos ajustadísimos en el torso,  con una falda amplia que al recogerla apenas, diera a luz un par de primorosos zapatos. Ese también, era el sueño de Lucia. Lo que no tuvo en cuenta fue que a menos que consiguiera un talle especial, sería imposible lucir como una princesa. Sin embargo, con negación estoica llegó a la casa de disfraces una tarde de calor sofocante.
Todavía convertida en estatua de sal, Lucía siente que  la misma vergüenza de aquella tarde le recorre ahora la columna. Aprieta el sándwich  con fuerza en un intento inútil por borrar esos recuerdos.
La encargada de la tienda la miró de arriba abajo y le ofreció un traje verde manzana que a Lucía le hubiera quedado  perfecto en la pantorrilla. 
 - Muy bonito, pero necesito uno lila o violeta, busco un disfraz de Rapunzel, contestó Lucía y  sintió la transpiración brotarle en la frente y en la espalda.
Sentada en el banco en frente del río, Lucía vuelve a brotarse en sudor aunque la temperatura no supera los veinticinco grados. Descubre con desagrado que aquel hilo incómodo le repasa la columna.” De Rapunzel, ¡Cómo se me pudo haber ocurrido disfrazarme de Rapunzel!” , piensa mientras estrangula el sándwich. 
 - Traje todo lo que tenía en violetas y lilas. Fijáte si alguno te anda.
Lucía lejos de amilanarse,  partió al probador muy resuelta.






Tuvo que dejar el bolso en el suelo para poder entrar en ese cubículo hecho para mujeres en miniatura. Por suerte el vestido que había elegido tenía cierre. Lo bajó, calculó el diámetro, y decidió ver qué tal le quedaba.  Primero metió  la cabeza, pero cuando intentó pasar el brazo derecho por el hueco que dejaba la cintura de la prenda, le dio tal codazo a la pared que tuvo que morderse los labios para no soltar un insulto. Bajó el brazo, respiró hondo e intentó con el izquierdo.  Logró que el vestido descendiera hasta la axila pero de ahí no pasó. Tuvo que desistir ya que se había arrancado el aro de la oreja derecha, y notó que el lóbulo sangraba; “ ¿o era transpiración? sangre, sudor y lágrimas.  Churchill  se cobró la fama de esta frase. Hombre tenía que ser; de haber sido una mujer, hubiera admitido que la había tomado de un poema de Lord Byron. Estoy divagando como siempre. Qué me importa si lo dijo Churchill, o Byron. Esto me está costando sangre sudor, y lágrimas”. Intentaría por abajo. Cuando se agachó para meter las piernas, se dio la frente contra el espejo. Al enderezarse se descubrió encendida más por la furia, que por el golpe. Volvió a respirar hondo. Finalmente logró calzarse el vestido. Le quedaba pintado salvo por un detalle: el cierre. Imposible unir márgenes tan distantes.  No pudo ponerse ninguno de los otros vestidos en la gama de los violetas. 

- Tengo uno bien grande pero es negro. Tendrías que cambiar de princesa, fue el comentario de la empleada. 
- Petiza engreída, como si fuera un figurín, flor de culo que tiene, Lucía comentaba con su imagen en el espejo mientras esperaba el vestido negro. Seré Rapunzel de luto.
Sentada en el banco, mira el río sucio y se imagina los patos. “¡Rapunzel de luto! Patética”, así se siente mientras recuerda la lucha cuerpo a cuerpo con el  vestido bruno.
Era hermosamente grande. Talle XXL. ”Este me va a quedar holgado, seguro”. Se puso el vestido al cuello y con mucho cuidado metió primero el brazo derecho, después el izquierdo. Cuando vislumbró la cabeza, después la cara, y  finalmente el cuello, Lucía se sintió triunfante. Poco le duró la euforia ya que la prenda en cuestión no pasó de la cintura. Por más que tiró hacia abajo, no logró deslizarlo. “Es el corsé, qué tonta, no lo aflojé”. Sin sacarse el vestido, liberó las cintas al máximo, en vano. De  la cadera no pasó.
 -    ¿Cómo te queda?
 - ¡Divino! Pero es demasiado negro. Dejá, no te preocupes. Ya me busco yo algo.
Hizo un rápido paneo del lugar y distinguió dos disfraces violetas. El primero, era de un mago. “Lo que me falta: de Rapunzel a Merlín”. El segundo era una suntuosa túnica romana, lisa, recta y muy amplia que iba acompañada de una capa preciosa al tono. Lo miró con resignación, y como estaba sobre la hora, con ese traje partió al colegio.
Sentada en el banco en frente del río ya no puede ver los patos imaginarios. Las lágrimas se lo impiden. Son lágrimas de vergüenza y frustración. ¿Cómo pude llegar a eso? Mira el sándwich casi desfigurado. Decide sacarle la envoltura. Hace rato que cortó la cadena de frío. Lo tiene que comer ya.
Ya estaba todo listo para comenzar la función cuando a alguien se le ocurrió sacar una foto del grupo. Se pusieron todas en fila en frente del ventanal de la sala de profesoras. Todas sonrían menos Lucía: había visto en el vidrio el reflejo de lo que sería la foto: sobresalía del resto por el tamaño y por lo diferente del atuendo.
-   Estás hermosa, pero ¿de qué disfrazaste?
Lucía parecía cualquier cosa menos Rapunzel, y lo sabía, siempre lo supo, pero no había querido darse cuenta. Por suerte su papel era muy secundario. Lo representó como pudo y en lugar de quedarse con el resto a festejar, huyó sin aliento, se encerró en el baño, y sólo en ese momento, escondida del resto,  con su humillación a cuestas, lloró amargamente.
Llora amargamente por tantos momentos malogrados. Busca un pañuelo en el bolso sin encontrar más que un pedazo de papel higiénico. Entonces se da cuenta. Ya no llora como antes. Ya no es la de antes. Mira el río. Para su sorpresa, como una señal, ve aparecer un pato. Mira la lata de cerveza, después el sándwich. Sonríe. “Ya no me hacen falta”. Mete las dos cosas en la bolsa de papel y la tira en el primer cesto que encuentra. “Se lo podría haber dado al que me gritó flaca”, piensa casi riendo. Empieza a caminar con determinación. Sabe a dónde va: a saldar una asignatura pendiente. Necesita un vestido de princesa. Sabe que ahora, seguramente lo conseguirá.